La opacidad no es un error técnico: el peligroso apagón de Guatecompras

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La decisión del Ministerio de Finanzas de restringir el rastreo en el portal estatal mutila la auditoría social y contradice frontalmente la promesa anticorrupción del Gobierno.

La salud de una democracia no se mide por la rectitud en los discursos de sus líderes.

Se mide por la apertura de sus cajas fuertes.

Por la capacidad real que tienen los ciudadanos de seguir la pista hasta al último centavo de sus impuestos.

En el Estado moderno, las plataformas de adquisiciones públicas no son herramientas secundarias de la burocracia; son la trinchera principal contra el clientelismo, el nepotismo y el desvío de fondos.

Por ello, cercenar la capacidad de búsqueda en el portal Guatecompras es un retroceso de enormes proporciones. La reciente decisión del Ministerio de Finanzas Públicas de limitar el rastreo directo de oferentes, bajo el pretexto de proteger datos personales o depurar sistemas inactivos, es una claudicación alarmante.

En un país desangrado históricamente por la corrupción sistémica, exigir transparencia total no es un capricho administrativo. Es pura supervivencia institucional.

Las excusas oficiales, lejos de aportar certidumbre, han agravado la fractura.

El ministro Jonathan Menkos intentó justificar el apagón asegurando, con ligereza retórica, que el portal estatal “no es Facebook” ni una guía telefónica. Semejante declaración desvía el debate real. Por supuesto que Guatecompras no es una red social de entretenimiento. Es el repositorio donde descansa la fe pública del país.

Minimizar la exigencia de auditoría, comparándola con la curiosidad de un scroll de internet, es un desprecio profundo al rol que juegan los periodistas de investigación, los tanques de pensamiento y la ciudadanía organizada. Son ellos quienes, hurgando en esos registros, logran desarticular complejas redes de saqueo y empresas de fachada.

La fiscalización no puede ser selectiva.

Tampoco puede estar condicionada a los filtros técnicos que el poder decida implantar a discreción.

Al apagar las herramientas analíticas que permitían cruzar datos de representantes legales y redes corporativas, el Gobierno ciega deliberadamente al ojo público. Justo ahora, en un momento donde la confianza social pende de un hilo.

Aunque Finanzas intentó reaccionar a las críticas anunciando “parches” complementarios, el daño simbólico ya está hecho. Han sentado un precedente muy tóxico: el flujo de la información pública se puede achicar de forma unilateral.

Este Ejecutivo llegó al poder bajo una promesa irrenunciable: erradicar los vicios del pasado y edificar una rendición de cuentas ejemplar. Para cumplir con ese mandato histórico, las plataformas de transparencia no deben diseñarse para la comodidad de los administradores del dinero público, sino para el escrutinio implacable de quienes lo financian.

Blindar los datos de quienes buscan hacer negocios con el Estado no es un acto de privacidad.

Es una concesión directa a la opacidad.

Devolverle a Guatecompras su capacidad irrestricta no es opcional; es la única prueba ética para demostrar que la lucha contra la corrupción no se quedó atascada en las promesas de campaña.