Los Chicharrones más caros de la historia: ¿Por qué el INGUAT financió una audiencia que ya era chapina?

La imagen del presidente Bernardo Arévalo comiendo chicharrones en la zona 1 junto al creador de contenido estadounidense Kerry Mann fue diseñada para ser el reflejo perfecto de la cercanía y la frescura digital.
Se nos vendió en las plataformas oficiales como una jugada maestra para “fortalecer la promoción internacional” de Guatemala. Sin embargo, cuando la propaganda se somete al filtro de los datos duros, el encanto de la puesta en escena se desvanece de inmediato. El idilio digital terminó costándole a los contribuyentes más de 225 mil quetzales para convencer a personas que, irónicamente, ya sabían perfectamente a qué sabe un chicharrón.
La campaña ejecutada por el Instituto Guatemalteco de Turismo (INGUAT), bajo la dirección de Harris Whitbeck, financió unas dóciles vacaciones familiares que incluyeron boletos aéreos por más de 47 mil quetzales, viáticos y hospedajes por casi 90 mil, y un insólito “Meet & Greet” de apenas dos horas en el Mercado de Artesanías que costó la módica cantidad de 88,800 quetzales —un evento en el que, para colmo, se reportó la movilización de empleados públicos para garantizar que el aforo luciera lleno—.
La gran contradicción de este generoso despliegue de recursos estatales radica en la métrica más elemental: el 67.2% de los seguidores de Kerry Mann ya son guatemaltecos. En contraste, solo el 25% de su audiencia proviene de los Estados Unidos, el mercado norteamericano que supuestamente se pretendía conquistar.
Este descomunal desfase expone una preocupante desconexión técnica dentro de las oficinas gubernamentales. Si el INGUAT pretendía incentivar el turismo interno, la lógica de mercado dictaba contratar a creadores de contenido locales, cuya contratación habría dinamizado de forma directa la economía nacional en lugar de pagar viáticos internacionales en dólares.
Si, por el contrario, el objetivo era captar divisas del extranjero, el hecho de firmar un cheque de un cuarto de millón de quetzales sin auditar previamente la demografía de la cuenta del influencer demuestra una profunda falta de análisis de datos y una preocupante improvisación en la pauta digital.
En una Guatemala asfixiada por carreteras que colapsan ante cualquier llovizna, hospitales sin insumos y una infraestructura escolar en ruinas, el dinero de los impuestos no puede seguir funcionando como la caja chica de relaciones públicas del Ejecutivo.
Promocionar la indudable riqueza cultural de nuestro país es vital, pero pagar una fortuna para que un extranjero venga a mostrarle Guatemala a los mismos guatemaltecos no es una estrategia de Estado; es, simplemente, un costoso acto de vanidad digital financiado por todos nosotros.









